Publicado el Julio Pérez Tomé

Porque no sabe cuál será el último viaje

El 24 de julio pasado, víspera de la fiesta de Santiago Apóstol y a muy pocos kilómetros de la mundialmente famosa ciudad gallega que lleva su nombre, descarriló un tren Alvia dejando un largo reguero de víctimas y no pequeña polémica sobre quién o quiénes serían los responsables. Por desgracia el suceso lo recordamos todos perfectamente debido a la virulencia del siniestro y al impacto social generado por la profusa difusión de unas imágenes realmente crudas. Resulta que los familiares de muchos de los fallecidos no tenían ni idea de las pólizas de vida suscritas (o no) por sus seres queridos desaparecidos.

La dureza de la situación recomendaba dejar pasar un tiempo prudencial para escribir sobre seguros de vida y accidentes. No quería que el agudo desconsuelo colectivo nos impidiera reflexionar serena y objetivamente acerca de lo que llamo “la correcta actitud” ante los seguros de vida.

No creo que me equivoque demasiado cuando pienso que al viajar somos conscientes de las posibilidades de que nos suceda algo que trastoque nuestros planes: extraviar las maletas en un aeropuerto, pinchar en la carretera, ser robados en la estación del ferrocarril, perder el autobús… lo pensamos pero no nos lo acabamos de creer al pensar en nuestro caso concreto; muchísimo menos se nos ocurre que nuestra integridad física corra peligro. Quizá sí se nos pase por la cabeza cuando volamos; al fin y al cabo no deja de ser asombroso que los aviones se mantengan ahí arriba sin caerse. Pensamos diferente ante otros medios de transporte y, sin embargo, en menos de un año y relativamente cerca de nosotros hemos lamentado víctimas de barcos que se hunden o trenes, como el caso que nos ocupan, que se salen de la vía de manera inesperada, independientemente de que a posteriori se nos expliquen las causas o, sencillamente, seamos “testigos” del suceso gracias a las imágenes difundidas en los medios de comunicación y las redes sociales.

Ciertamente arrastramos una resistencia natural a enfrentarnos a desgracias que alcanzan su mayor desgarro cuando contamos con víctimas normales. Pero hemos de asumir que son hechos incontestables ante los que conviene prepararse. El terrible accidente de Galicia ha vuelto a dejar en evidencia el desconocimiento que adolecemos de los seguros de vida. Desde lo más básico –saber si nuestros seres queridos fallecidos tenían o no suscrito una póliza de ese tipo– hasta conocer el contenido y los detalles de la cobertura.

De entrada recordemos que todo billete incluye un seguro obligatorio de viajeros que contempla asistencia sanitaria, incapacidad temporal o permanente y fallecimiento. Si el pago del billete se realizó con tarjeta es fácil que exista algún tipo de cobertura por fallecimiento o invalidez. También puede que se tengan otros seguros similares contratados a través del convenio de empresa. Como en su día ya escribí aquí mismo existe el registro de seguros (Ministerio de Justicia) que informa si una persona fallecida tenía contratado un seguro en caso de fallecimiento.

La realidad es que muchas pólizas se quedan sin cobrar por puro desconocimiento de su existencia. Estos ejemplos no son tan extraños como podría parecernos; basta con que nos hagamos esta misma pregunta personalizándola en parientes cercanos: ¿seguro que tienen seguro de vida? ¿Cuáles y qué cubren?. Se agrava la estadística de estas situaciones cuando las víctimas son por un accidente debido a su propia naturaleza, sucesos inesperados y, por tanto, difíciles de prever con anterioridad.

Esta experiencias que encontramos tarde o temprano en la vida nos deben llevar a reaccionar revisando los seguros de vida que tengamos o interesarnos por los suscritos entre nuestros parientes y seres queridos… y, por supuesto, caer en la cuenta que quizá seamos nosotros mismos quienes hemos de compartirlo con los familiares o personas de confianza que corresponda. Son esas personas tan cercanas a quienes más queremos ¿verdad? ¿No haríamos por ellas lo que fuera necesario con tal de evitarles pasar un ‘peor rato’? ¡Pues entonces!… no hay más preguntas.

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